No, de repente ya no. Con mayúsculas, en negrita, cursiva y subrayado (si pudiera), con un grito que desgarre mi garganta. No. Has pasado de la una distancia cercana, a una lejanía insalvable. Me gustaría enfadarme, decir que te has portado mal, que las cosas no se hacen así, pero no puedo hacer el mínimo reproche, no puedo echarte nada en cara, porque nunca hubo más promesas que las que yo quise creerme. Aún así siento que NO.

Intuyo mi cara de tonto, los ojos rebotando en el asombro. Constructos que mi mala cabeza se había hecho; pajas mentales. He estado pendiente del móvil demasiado tiempo, sin poder reprocharte el que no llamaras, porque nunca quedaste en hacerlo, y sin embargo, me hacía tanta, tanta ilusión recibir mensajes… Pero ya sé que no. Me corté el pelo, miré horarios, recopilé mis canciones en un disco, incluso inicié un poema, sobre una especie de amistad extraña que se aventuraba real, superando su virtualidad; pero todo se queda en un deseo muerto a medio camino, en unas ganas desganadas, en un momento de debilidad.

No quiero tridimensionarte, y si parezco estúpido e infantil me da igual, porque reclamo mi derecho a enfadarme sin tener, a tú modo de ver, un motivo para hacerlo. Sé que el corazón vuela allí donde se atisba una caricia, pues corre, no vaya a ser que te quedes sin ella, pero yo ya no, no quiero saber más de las fotos y de la voz que durante mucho tiempo le ha dado sentido a cada cosa que escribía en este pequeño rincón. Te fuiste diluyendo poco a poco, pero el portazo ha sido sonoro, suena a NO.

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